Mi cordero es Jesucristo. Yo lo recibí en mi corazón cuando era niña. En aquel entonces, no teníamos nada que ver en la televisión en las noches. Yo y mis tres hermanos nos aburríamos en la casa. El único recurso era de irnos a la calle a jugar con nuestros amiguitos. La iglesia Pentecostés de la esquina, aprovechó este tiempo en el verano para enseñarnos la película de Jesucristo. Mi gran temor de las tinieblas me guiaron a los brazos de Jesús.
Nos mudamos de esa colonia hacía la frontera a vivir con familiares. Con los cambios de la vida, me olvide de lo que había aprendido ese verano. Pero el dolor del divorcio de mis padres, me llevó a mi cordero otra vez. Ahora ya no lo dejo.
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